FÁBULAS DE SAMANIEGO. Los dos amigos y el oso.

LOS DOS AMIGOS Y EL OSO

A dos amigos se aparece un oso:
el uno, muy medroso,
en las ramas de un árbol se asegura;
el otro, abandonado a la ventura,
se finge muerto repentinamente.
El oso se le acerca lentamente:
mas como este animal, según se cuenta,
de cadáveres nunca se alimenta,
sin ofenderlo lo registra y toca,
huélele las narices y la boca;
no le siente el aliento
ni el menor movimiento;
y así, se fue diciendo sin recelo:
«¡Éste tan muerto está como mi abuelo!»
Entonces el cobarde,
de su gran amistad haciendo alarde,
del árbol se desprende muy ligero,
corre, llega y abraza al compañero,
pondera la fortuna
de haberle hallado sin lesión alguna,
y al fin le dice: «¿Sabes que he notado
que el oso te decía algún recado?
¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido:
Estas dos palabritas al oído:
Aparta tu amistad de la persona
que si te ve en el riesgo te abandona».

LOS TRES FILTROS, Diálogo de Sócrates.

En la antigua Grecia (469 – 399 AC), Sócrates era un maestro
reconocido por su sabiduría. Un día, el gran filósofo se
encontró con un conocido, que le dijo muy excitado:

“Sócrates, ¿sabes lo que acabo de oír de uno de tus alumnos?”

“Un momento” respondió Sócrates. “Antes de decirme nada me
gustaría que pasaras una pequeña prueba. Se llama la prueba del triple filtro”.

“¿Triple filtro?”

“Eso es”, continuó Sócrates. “Antes de contarme lo que sea
sobre mi alumno, es una buena idea pensarlo un poco y filtrar lo
que vayas a decirme. El primer filtro es el de la Verdad. ¿Estás
completamente seguro que lo que vas a decirme es cierto?”

“No, me acabo de enterar y…”

“Bien”, dijo Sócrates. “Conque no sabes si es cierto lo que quieres
contarme. Veamos el segundo filtro, que es el de la Bondad.”

“¿Quieres contarme algo bueno de mi alumno?”
“No. Todo lo contrario…”

“Con que” le interrumpió Sócrates, “quieres contarme algo
malo de él, que no sabes siquiera si es cierto. Aún puedes pasar
la  prueba, pues queda un tercer filtro: el filtro de la Utilidad”.

“¿Me va a ser útil esto que me quieres contar de mi alumno?”

“No. No mucho”

“Por lo tanto” concluyó Sócrates, “si lo que quieres contarme
puede no ser cierto, no es bueno, ni es útil, ¿para qué contarlo?”

LA JOVEN Y EL PRÍNCIPE (CUENTO CHINO)

Hace muchos, muchos años, en China vivía un príncipe en la región norte que iba a ser coronado emperador. Él era apuesto, inteligente, valiente y lo tenía todo para ser un buen emperador, todo menos una cosa: no estaba casado.
Así que para solucionar este problema se organizó un concurso entre las muchachas de la corte para que el príncipe pudiera escoger a su futura esposa. El concurso sería complicado puesto que el príncipe impondría un desafío a todas ellas y quien lo consiguiera realizar sería su esposa.
Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. La anciana tenía una hija profundamente enamorada del príncipe. Cuando llegó a su casa le contó todo a su hija y ésta le dijo que quería ir a la celebración. La madre, sorprendida, le preguntó:
“Hija mía, todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. ¿No sería mejor olvidarte del príncipe y buscarte otro pretendiente? ”
Y la hija respondió: “No, querida madre. Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar ahí e intentarlo. Si no lo consigo al menos por algunos momentos habré estado cerca del príncipe.”
Esa misma noche, la joven llegó al palacio del príncipe. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones. De pronto, aparecío el príncipe y anunció el desafío: “Daré a cada una de ustedes una semilla. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses será escogida por mí, esposa y futura emperatriz de China”.
El tiempo pasó y la dulce joven se entregaba en cuerpo y alma a cuidar a su semilla a pesar de no tener mucha experiencia en jardinería. Ella sabía que si lo hacía con mucha paciencia y ternura, no tendría que preocuparse con el resultado. Pasaron tres meses y nada brotó. La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido.
Por fin pasaron los 6 meses, pero la joven no tenía flor. A pesar de ello fue al palacio para ver al príncipe. A su alrededor había muchas damas, cada una con su flor. Finalmente, llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. El silencio inundó la sala y sólo se rompío cuando el príncipe dijo:
“Me casaré con la joven sin flor”. Un murmullo de desaprobación se oyó en la sala, pero el príncipe replico: “Es la única que merece ser emperatriz de China puesto que es la única que ha sido honesta. Todas las semillas eran estériles”
Así pues, el príncipe y la joven se casaron y fueron felices y sinceros para siempre.